-¿Ah, sí? Pregúntamelo, por favor.
Parece nervioso. ¿Qué irá a preguntarme?
-Emm, ¿te gustaría acompañarnos al garaje?
-¿En serio? –Le pregunto, un poco intrigada.
-Sí. Me gustaría saber si te gusta la música
que tocamos.
-Ahh.
Me quedo pensativa. Estoy deseando ir.
-Entonces, ¿vienes?
-¡Vale! Siento curiosidad por saber cómo es
vuestra música –Y le muestro una gran sonrisa.
Él también me sonríe abiertamente. Seguimos
andando y, un poco después, llegamos al portal del edificio en el que está mi
piso. Saco las llaves y abro la puerta.
-¿Te importa si te acompaño hasta tu piso?
–Me cuestiona Tom.
-No, para nada.
Subimos las escaleras (es un edificio de
tres pisos, no tiene ascensor) hasta el segundo piso y entro.
-Adelante, pasa –Le digo.
-¿En serio no te importa?
-¡Por supuesto que no! –Otra sonrisa abierta
mutua.
Estoy un poco nerviosa y no sé por qué. Será
por dejar pasar a un chico que he conocido hoy mismo a mi piso.
Entra y mira un poco a su alrededor. Vamos
al salón, que está un poco desordenado (había estado buscando un bolígrafo y me
había olvidado de reordenar todo).
-Perdona el desorden, Tom.
-No te preocupes, estoy acostumbrado. Esto
no es nada comparado con mi habitación en sus peores días.
Nos reímos. Aunque estoy nerviosa, me siento
feliz. ¿Qué me pasa?
-Bueno, ¿te apetece beber algo? –Le pregunto–.
Tengo agua, zumo de naranja y Aquarius.
-Zumo de naranja, si no te importa.
-Vale, ahora te lo traigo.
Salgo del salón y voy a la cocina. Cojo dos
vasos, abro el frigorífico y echo el zumo tras agitarlo. Llevo los vasos con
mucho cuidado (soy un poco torpe) al salón y los pongo en la mesita. Veo que
Tom ya ha cogido asiento en el sofá. Yo me quedo de pie.
-¿Te apetece algo más?
-No, estoy bien –Me contesta–. Anda, no te
quedes de pie. Siéntate aquí –Y me señala el hueco que hay a su lado.
Me siento junto a él. (¿Cómo es posible que
no oiga los fuertes latidos de mi corazón?) Nos tomamos el zumo en silencio.
Cuando lo terminamos, Tom vuelve a hablar.
-Me voy ya, no quiero ser una molestia.
-No, si no eres ninguna molestia.
-Pero es bastante tarde, y tienes que
dormir, y yo también –Bosteza. Tiene unos dientes blanquísimos.
-De acuerdo
–Yo también bostezo–. ¡Me has pegado el bostezo!
En ese momento suena el móvil de Tom.
-¿Sí? (...) Ah, hola, Bill –Tapa el teléfono–.
Mi hermano. Siempre es tan oportuno… –Me río. Él destapa el celular– . (...)
Ajá. (...)Sí. (...)Vale, enseguida estoy ahí. (...)No me había dado cuenta de
la hora. (...) Que sí, pesado, que voy ahora. (...) En veinticinco minutos o
así estoy en casa. (...)Hasta ahora.
-¿Qué quería Bill?
-Oh, nada. Me ha dicho que es tarde y que
vaya a casa ya. Como si tuviera derecho a mandarme lo que tengo que hacer. Si
fuera mi madre, vale, pero él es el menor,
así que tendría que ser al revés, pero nada.
-Te entiendo perfectamente –Le digo–. Me
pasa lo mismo con mi hermano.
-¡Ay, los hermanos pequeños! –Exclamamos los
dos.
Nos volvemos a reír.
-Bueno, pues me tengo que ir ya –Me comenta
Tom.
-Ten cuidado, anda, que es tarde y no sabes
lo que te puedes encontrar a estas horas por la calle –Le aconsejo.
-No te preocupes, Leti, estaré bien –Me dice
un poco con aires de chulito, pero no me importa–. Nos vemos mañana enfrente de
la heladería.
-¿Por qué ahí? –Le pregunto, aunque creo
saber la respuesta.
-Porque está cerca de aquí, y así no te
pierdes –¡Lo sabía! –. Ya te llamaré para decirte la hora
-De acuerdo –Le sonrío–. ¡Hasta mañana!
-¡Hasta mañana!